EL PAÍS DE NUNCA ACABAR

La emoción en bruto es el combustible más poderoso para la acción. Es una fuerza sin dirección o valor propio. El problema es que la emoción así manifestada lo mismo impulsa al motor de la solidaridad que al del arrebato irracional. Y como las estrellas, mientras más grande su fulgor, más corta su vida.

 

El instinto natural de altruísmo – esa actitud de entrega y sacrificio por el bienestar ajeno sin expectativas de reciprocidad que se manifestó a minutos del aterrador terremoto del martes-, no es cosa nueva. Ya lo hemos visto en muchas otras crisis. Y la única razón por la que nos sorprendió es por el percibido declive de empatía que se venía haciendo presente en el país en los últimos tiempos. Y su efervesencia desbordante tal vez se pueda explicar a partir de la represión, muchas veces auto-impuesta, de dicha empatía.

 

Es muy reconfortante volver a sentirnos un pueblo noble. Participar, los muchos, en las labores de rescate; atestiguar, los más, la persistencia de los voluntarios. Si no se puede estar presente, se delega la presencia a las donaciones y al intercambio de información por las redes sociales. Se agradece y aplaude a los miles de rescatistas anónimos, cuyo anonimato los enoblece aún más. Y el resplandor de sus acciones baña a nuestras almas haciendo que se vean menos turbias, más dignas. Así, el colectivo México recupera un poco del rumbo que quisiéramos seguir; un poco de la dignidad encochambrada que, como la muñeca fea del ya tan difuminado Cri-crí, se escondía por los rincones; y se recupera también un poco de esperanza en nuestra capacidad real, como pueblo, de tomar las riendas de nuestro destino. Así está siendo, y así debe de ser.

 

Es importante subrayar que ninguna explicación le quita el valor ni el impacto a un acto heróico. Pero el altruísmo, como instinto, tiene sus límites y, aunque duela decirlo, su fecha de caducidad. Más cuando es altruísmo colectivo.

 

La efervesencia social es espectacular, pero es muy desperdiciada y se apaga pronto, dejando poco beneficio. Surge de nuestro gran corazón y de nuestra proclividad a la emoción exhuberante. Es inevitable. Y es parte de nuestra tragedia como nación. Nos cuesta mucho y nos gusta poco disciplinar nuestros impulsos, tanto los buenos como los malos. A la primera nos encendemos, pero no somos fuego que arda lento y dure. Y nuestro segundo instinto, tras la solidaridad, es ver a quién nos fregamos.

 

De entrada, para podernos congratular de nuestra capacidad de hacer el bien sin mirar a quién, se ignoraron las realidades de un esfuerzo mayormente caótico, con más coroneles que soldados, y que las autoridades responsables se tardaron en o no quisieron coordinar desde el arranque. Hubo presencia abundante, pululante, pero gran inefectividad. Hubo un gran flujo a los lugares fáciles y de mayor exposición, y un descuido vergonzoso de zonas igualmente afectadas y necesitadas pero de menor perfil. Y ahora ya empezaron las noticias de hurtos, de abusos, de desconfianzas justificadas. Y más van a salir.

 

No somos un país de mayor nobleza que tantos otros, y sí somos un país de bajezas profundas y cotidianas, como tantos otros. El reciente bálsamo espiritual con que ungimos nuestras almas tal vez era necesario. Fue muy bienvenido. Renovó una esperanza espiritual en el poder de la unidad contra la adversidad. Pero también esto ha pasado ya muchas veces y, de la misma forma, se ha ido extinguiendo porque… así somos. Y no habrá sismo, ni huracán, ni tragedia masiva que pueda sustitur a la única fuerza de redención posible: un larga y paciente re-educación nacional. Y, en México, ¿quién tiene la paciencia? Más aún, ¿quién tiene la dedicación?

 

Mientras tanto las dos caras de la moneda se irán alternando en el aire en el volado eterno que nos tiene en un juego de nunca acabar.

 

© MAGZ

21 septiembre 2017

 

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